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lunes, 3 de febrero de 2014

Cáceres, lugar de encuentro.


Conocer Cáceres es conocer el encuentro de culturas que vivió España durante siglos. Pasear por sus calles es pasear por su historia que se inicia en la más remota prehistoria a través de las pinturas paleolíticas de la Cueva del Maltravieso –integrada en el casco urbano de la ciudad–; continúa con restos romanos, como por ejemplo su Arco del Cristo; y continúa aún a través de los numerosos restos medievales musulmanes y cristianos. Ello es fruto de la ocupación islámica de la ciudad, y de la reconquista cristiana por parte del Reino de León. Viviría la ciudad una segunda juventud en los inicios de la Edad Moderna gracias especialmente a la fortuna de tantos exploradores del continente Americano con raíces extremeñas. Muchos de ellos, agradecidos a su tierra de origen, la recordarán en el Nuevo Continente pero también supieron reenviar sus glorias a la Península. Ello es evidente en los magníficos edificios y palacios, algunos incluso de claro gusto o inspiración colonial. Por esta razón, proponemos un viaje, un acercamiento a Cáceres, en el que proponemos una estancia de dos días en la ciudad para hacer liviano el viaje. Y para apreciar el conjunto de la ciudad con tranquilidad.


Centro histórico de Cáceres.
Cáceres es una ciudad que seduce en su conjunto. Es una ciudad que te hace olvidar el siglo en el que vives, y que te transporta a las ciudades de otras épocas a través de su centro histórico. Probablemente, y sin ánimo de menospreciar ninguna de sus edificaciones, no destaca por un monumento concreto, sino por la ingente cantidad de palacios, iglesias, calles y murallas que la conforman. De hecho, su centro histórico apenas si ha sufrido modificaciones contemporáneas, y prácticamente la totalidad de sus edificios tienen siglos de antigüedad. Por esta razón, por la calidad de muchos de ellos, y por su magnífico estado de conservación, la UNESCO incluía la “ciudad vieja de Cáceres” en la lista de Ciudades Patrimonio de la Humanidad en el año 1986.


Cáceres, con casi 100.000 habitantes, está situado al sureste de Madrid, a casi 300 kms. de distancia, y es la capital de la provincia homónima, que junto con la de Badajoz, componen la Comunidad Autónoma de Extremadura, y cuyos límites al este coinciden por completo con la frontera portuguesa. No sólo Cáceres, sino toda Extremadura, es una de las regiones españolas con más biodiversidad de flora y fauna, explicable en parte, gracias a su gran riqueza en agua, y a un cierto aislamiento, incluso olvido, que la región sufrió durante siglos. Este hecho histórico provocó una emigración masiva de su población al continente americano durante la Edad Moderna y una perfecta conservación de su pasado monumental y etnográfico en muchas de sus ciudades y comarcas. Hoy se plasma como un interesantísimo foco de cultura o tradiciones, siendo un inmejorable ejemplo sus ciudades históricas y las muchas explotaciones agrícolas modélicas: dehesas repletas de ganado porcino, bovino, vacuno, y en menor medida, equino. El mejor reflejo son sus numerosos productos artesanos y sus destacadísimas marcas de calidad, en especial los productos derivados de la cría del Cerdo Ibérico, su Pimentón de la Vera, o sus tantas frutas y verduras de calidad, como la cereza del Jerte o sus higos.

Podemos llegar a Cáceres desde Madrid en tren. La frecuencia que ofrece Renfe es de tan sólo cuatro servicios diurnos y uno nocturno, con la característica de que todos los servicios que presta son de la red ordinaria, y por lo tanto, al no existir comunicación con trenes de Alta Velocidad, los precios son bastante económicos. Tampoco será un problema la duración del viaje, pues el tiempo oscila entre las tres horas y media y las cuatro, en cualquiera de los casos. La estación de salida en Madrid será la de Atocha. La otra opción de transporte es el autobús. La compañía que cubre esta línea es Avanzabus y ofrece hasta siete conexiones diarias, de las cuales cinco son normales, y dos exprés; con lo que el tiempo de viaje oscila entre las casi cuatro horas, y las cinco. En todos los casos, la estación de salida es la Estación Sur – Méndez Álvaro

Aljibe árabe en la Casa de las Veletas.
Una vez en Cáceres, el mejor lugar para iniciar una visita a pié es su Plaza Mayor. Sin embargo, tanto si hemos viajado en autobús como en tren, ambas estaciones están situadas en el extremo sur de la ciudad, razón por la cual puede ser buena idea tomar el transporte público de la ciudad, para acercarnos al centro histórico. Desde la estación de Renfe podemos tomar la L1, cuya parada está situada en la glorieta que se encuentra al exterior de la estación. Tomándola en dirección norte, nos podremos bajar en la Plaza del Obispo Galarza (fin de trayecto), que es la parada más conveniente para acercarse a la Plaza Mayor. Si por el contrario, hemos llegado en autobús, justo frente a la estación tendremos las opciones de las L4 o la L8, de las que en ambos  casos tendremos que bajarnos o en el Paseo de Cánovas,  o en la Avenida de España, todavía un poco distantes del centro. Por esta razón, quizás el mejor consejo puede ser caminar unos pocos centenares de metros, desde la Estación de Autobuses hasta la parada de la L1, que es la mejor opción para nuestro destino.

Una vez en la Plaza Mayor de Cáceres, nuestra mejor opción será acudir a la Oficina de Información Turística, situada en el número 3 de la plaza, y donde podremos conseguir un plano de la ciudad, que también se ofrece en versión descargable. La visita que proponemos, puede comenzar aquí mismo, en la Plaza Mayor, y ha de llevarnos irremediablemente al interior de las murallas, al interior de la ciudad histórica. Tanto por el tamaño “manejable” del centro histórico, como por la gran cantidad de monumentos que la ciudad presenta, la visita ha de ser tomada con calma, y realizarse libremente, tal vez planeando un poco el itinerario personalmente. Por esta razón, aquí proponemos solamente una opción de visita, en la que citaremos o incluiremos algunos de los monumentos más consagrados de la ciudad. Por ello sugerimos comenzar en esta Plaza Mayor, desde la que se puede apreciar la grandeza de la muralla almohade del siglo XII que rodea el centro histórico de la ciudad, y lugar desde el que también podremos contemplar la popular Torre del Bujaco, que si bien es parte de la propia muralla, en realidad aprovecha una construcción romana anterior. Posteriormente tal vez sea buena idea adentrarnos a la ciudad histórica a través del Arco de la Estrella. Es el principal acceso a la ciudad medieval, y también el más grande. Su trazado en esviaje responde a las obras realizadas en el siglo XVIII para facilitar el acceso a los carruajes de caballos a la calle que está inmediatamente situada a la izquierda, y que antes de estas obras era físicamente imposible tomar. Por ello, don Bernardino de Carvajal Moctezuma, conseguía el empeño del ayuntamiento y se remodelaba una puerta, que hasta entonces había tenido su forma original, del siglo XV, cuando ya había sido ampliada la primera, la original de la muralla.


Torre medieval.
Simplemente siguiendo por la estrecha calle que se abrirá ante nosotros, que no por casualidad se llama “arco de la estrella”, llegaremos a la Plaza de Santa María. Una vez en ella, podremos desplazarnos a visitar el Palacio de Carvajal, uno de los múltiples ejemplos de construcción nobiliaria cacereña; en este caso de finales del XV y principios del XVI. Este edificio está gestionado por la Diputación Provincial de Cáceres, y por esta razón podremos realizar una visita parcial por su interesante interior, que además nos brinda en su interior un interesante Centro de Interpretación. Destaca por su belleza, el patio interior del edificio. De regreso a la Plaza de Santa María, podemos seguir contemplando la exquisitez de las construcciones palaciegas que la componen, como son la Casa de los Ovando, la Casa de Mayoralgo, o el propio Palacio Episcopal. En todos los casos nos enfrentamos a construcciones que se van a repetir innumerablemente por todo el centro histórico cacereño: casas nobiliarias, muchas de ellas fortificadas y con torre –la mayoría “desmochadas” por un decreto de Isabel la Católica–, construidas con la piedra del lugar, y en las que destacan las bellas fachadas góticas o renacentistas bien labradas, y los patios interiores. El gran número nos habla del ilustrísimo pasado que Cáceres vivió  en la transición de la Edad Media a la Edad Moderna. El otro gran edificio de la Plaza de Santa María es la  Iglesia Concatedral de Santa María. Se trata del edificio más antiguo del entorno, pues aunque sus fachadas son góticas, tanto al interior como al exterior se evidencia que sus partes más antiguas responden a la época del románico.

Nuestro itinerario sugerido continúa hacia la Plaza de los Golfines, hacia el sur, bordeando la Catedral por delante de su fachada, e intuyendo que pronto deberemos de ascender a la parte más elevada de la ciudad. En esta plaza se levanta uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, y que además da nombre a la plaza. El Palacio de los Golfines de Abajo es quizás el mejor ejemplo de la gran tipología constructiva de la ciudad: la casa fortaleza. El edificio combina armoniosamente la construcción de función militar con la construcción palaciega. Ello se aprecia en su hermosa fachada tardogótica y su crestería decorativa, pero también en sus muchos elementos militares, como los matacanes, la solidez de sus muros, o la carencia de ventanas… y brilla con luz propia su torre, una de las pocas conservadas en la ciudad. Ello porque la familia propietaria del edificio fue indultada por expreso deseo de Isabel la Católica, durante una de las numerosas revueltas que vivió la ciudad. Por la misma razón, el edificio presenta escudo heráldico, que no fue permitido en el resto de construcciones, y hace del conjunto uno de los más hermosos y emblemáticos de la ciudad. 


Festival Womad en 2009.
A continuación deberemos dirigirnos hacia la Plaza de San Jorge, donde nos encontraremos con las primeras escaleras. En este lugar podremos contemplar la Casa de los Becerra, el Convento de los Jesuitas y la Iglesia de San Francisco Javier, cuya situación a los pies de una gran escalinata, y una plaza de remozado diseño barroco –como la propia iglesia–, nos recuerda los modelos que en su misma época de construcción se estaban ensayando en América, y en los que sin duda se inspira: una elaborada fachada, encuadrada entre dos robustas torres campanario blancas. Tomemos a continuación la elevada escalera que queda en el lateral de esta iglesia, y ascenderemos a la parte más alta de la ciudad, que es también la más antigua. Llegaremos entonces a la Plaza de San Mateo, a la que da nombre la Iglesia de San Mateo que la preside en uno de sus ángulos, enfrentado al Convento de San Pablo en otra de las esquinas. Cierra el espacio la Casa de los Cáceres-Ovando, popularmente conocido como la “casa de las cigüeñas”, y que conserva otra de las escasas torres del centro histórico, que por su situación es la más elevada de la ciudad. A escasos metros de esta plaza, hacia el oeste, se abre la Plaza de las Veletas. En ella se levanta el Palacio de las Veletas, que si bien no destaca especialmente por su arquitectura, en su interior nos presenta el más preciado tesoro de la ciudad: un hermosísimo aljibe subterráneo. La construcción, del siglo XV, ya no presenta elementos defensivos, pero paradójicamente está construido en el mismo lugar en que estuvo el más importante edificio militar de la ciudad: el alcázar de época almohade. En el interior del edificio se ha estructurado el Museo de Cáceres, que contiene colecciones arqueológicas, etnográficas y algunas interesantes piezas artísticas; aunque el principal interés radica en la visita del aljibe, de los más grandes y espectaculares de España. Se construyó en la época musulmana de la ciudad, bajo el viejo alcázar, aprovechando una pequeña oquedad natural de la roca. Para su construcción, de casi 15 x 10 metros, se dispusieron cinco naves separadas por columnas graníticas y hermosos arcos de herradura, y cuya única función era la del aprovechamiento y almacenaje del agua para el posterior consumo. El espacio se ha conservado en excelentes condiciones, y es ésta quizás la visita más aconsejada de toda la ciudad de Cáceres. 

Para finalizar la visita del centro histórico, sugerimos descender desde la Plaza de las Veletas hacia el viejo barrio judío, hoy llamado barrio de San Antonio de la Quebrada, y al que podemos acceder por alguna de las callejuelas con escalinatas que bordean al propio museo. Todas las calles de este sector son muy estrechas y empinadas, y muchas de las pequeñas construcciones que lo conforman están apoyadas, sino integradas, en la propia muralla de la ciudad. Paseando por esta zona podremos ver el citado Arco del Cristo, de fundación romana, y finalmente, a través de la Calle del Adarve, regresar a la parte baja de la ciudad, desde donde deberemos buscar nuevamente el arco de la Estrella, para finalizar definitivamente la visita al centro histórico.



Esta ruta sugerida es, por así decirlo, el Cáceres esencial. Pero tal vez también quiera el visitante conocer la Casa Museo Árabe Yusuf Al Burch, que está situada en la Cuesta del Marqués 4, o el Centro de Interpretación de la Cueva del Maltravieso, que está en la Avenida de Cervantes. Además son muchas las edificaciones, principalmente palacios, que no hemos citado aquí, y que repartidos por la ciudad vieja bien pueden merecer un vistazo, caso del Palacio de Toledo-Moctezuma, la Casa del Mono, el Palacio de Adanero, la Casa Mudéjar, y aún mucho otros. 


No podemos irnos de Cáceres sin probar su gastronomía. Sus platos tradicionales son sencillos y seculares, pues hunden las raíces en la importantísima herencia pastoril –especialmente a través de la trashumancia– y campesina. Destacan, por ejemplo, algunas de sus sopas, entre las que brilla especialmente la sopa de tomate e higos, o las sopas de ajo. Plato estrella son las migas, un plato que nació de la costumbre de los pastores de aprovechar el pan viejo en el desayuno, y que hoy se ha convertido en un primer plato. No podían faltar las carnes en una tierra tan ganadera como esta, y por eso el cordero y sobre todo el cerdo brilla en las mesas cacereñas. Si tenéis ocasión probad el frite, hecho a base de carne de cordero, primero frito, y luego cocido con patatas y pimentón. Y por supuesto los embutidos de cerdo, especialmente su preciadísimo jamón, del que habrá que tener en cuenta, que dependiendo de su calidad, el precio puede ser realmente elevado. Más económico puede ser el chorizo, o alguna de las variedades de morcilla. Y como postre, quizás el más aconsejado pueden ser los repápalos con leche.



El clima cacereño permite visitar la ciudad en cualquier época del año, ya que la temperatura media anual se sitúa en torno a los 17 grados Celsius. Dicho esto, las mejores épocas son Primavera y Otoño, para evitar los rigores propios del calor estival o del frío invernal, que de cualquier modo no impedirán una visita; como tampoco será un problema la lluvia, normalmente. No obstante, debe saber el visitante, que las épocas más masificadas por el turismo son la Semana Santa –declarada de interés turístico nacional–, y durante la celebración del WOMAD, un interesante festival de música étnica promovido por Peter Gabriel, y que habitualmente se celebra en la segunda semana de Mayo.




Video promocional de Cáceres.












I.Y.P.


lunes, 15 de abril de 2013

Salamanca: "quod natura non dat, Salmantica non praestat"


Haciendo honor de este carácter “franco” y directo que puede servir de rasgo definitorio de la cultura española, la ciudad de Salamanca se presenta, se encumbra, se define y también se exculpa, con uno de sus clichés más lacónicos: “lo que la naturaleza no da, Salamanca no presta”. Y así, de paso, nos deja clarísimo desde el principio cual es su identidad, su motor, su razón de ser: Salamanca es una ciudad ligada –por encima de cualquier otro hecho histórico o cultural– a su histórica Universidad.

Y lo sigue estando. El ambiente juvenil, travieso y vivaz, el ambiente universitario, sigue siendo evidente hoy por sus calles (plano de la ciudad). En cualquier rincón, y a cualquier hora. Es Salamanca uno de los destinos preferidos para los estudiantes de programas de intercambio, para los que participan en las becas Erasmus, y también es uno de los destinos más solicitados para realizar en ella cursos de español para extranjeros. Y por todas estas razones, hablar de Salamanca es hablar de cultura, hablar de lengua española, y por supuesto es también hablar de fiesta. Durante el día, y durante la noche. Y todas las razones juntas, hacen de Salamanca un destino ideal, aunque sólo sea para disfrutar de ella durante un fin de semana.



Salamanca es una ciudad relativamente pequeña. Es la capital de la provincia homónima, y está situada en el sur de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, tan sólo a 215 Km al noreste de Madrid. El transporte hasta la ciudad se puede realizar fácilmente en tren o en autobús en un tiempo, normalmente, inferior a las tres horas de viaje. Por lo tanto, aunque podríamos hacer una visita en una única jornada, seguramente será buena idea buscar un alojamiento que nos permita descubrir la ciudad con más calma, y de paso, conocer la noche salmantina.

Patio de la Universidad de Salamanca
Pasear por las calles del centro histórico de Salamanca es pasear entre edificios de su singular piedra de Villamayor. Y cada uno de ellos nos contará una historia. Pero podemos empezar visitando su Puente Romano, que no sólo nos ayuda a cruzar el río Tormes para tener una de las mejores vistas de la ciudad, sino que además nos recuerda la historia del más famoso lazarillo de la literatura española. El puente romano de Salamanca se remonta al siglo I d.C., y aunque no hay seguridad o al menos consenso acerca de qué emperador ordenó su construcción, se suele atribuir a la época de Trajano, y se piensa en el año 89 d.C. como el más plausible. Ha soportado bastante bien el paso del tiempo, y aunque fue parcialmente reconstruido en el siglo XVI, por orden del Rey Felipe II, sus primeros 15 arcos –de la margen derecha– no dejan lugar a dudas de la factura romana. Tan importante fue el papel de esta obra de ingeniería que comunicaba por las calzadas imperiales las ciudades de Asturica Augusta (Astorga) y Emérita Augusta (Mérida) a través de la Vía de la Plata, que desde el siglo XIII la imagen del puente se asoció con la imagen de la ciudad al pasar a formar parte de su escudo. Además, a la salida del puente, a la entrada de la ciudad, hoy se ha colocado la escultura de bronce que nos recuerda las peripecias literarias del lazarillo. Y junto a él, se ha colocado también el verraco, otrora en la propia margen del río, que nos recuerda el arte prehistórico salmantino, y ya de paso el origen celta de la ciudad.



Puente Romano y Catedral de Salamanca
Siguiendo de manera natural la calle en la que desemboca el puente, nos enfrentaremos a una empinada cuesta que nos lleva hacia el centro histórico de la ciudad por la calle de Tentenecio. Nos encontraremos de bruces con la Catedral de Salamanca. O será mejor decir “catedrales”, pues tiene esta ciudad el raro privilegio –y la suerte– de tenerlas a pares. La historia es simple: cuando se decidió que la catedral vieja ya no estaba a la moda, se decidió construir una nueva y más grande exactamente al lado de la primera. Sin embargo, las obras se alargaron mucho en el tiempo, y al final los salmantinos, acostumbrados ya a la vieja, decidieron que también iban a conservar la más antigua. Y ahí está todavía, para sorprender al visitante. Es la Catedral vieja de Salamanca uno de los mejores ejemplos de románico de transición hacia el gótico que se conserva en España. Iniciada en el siglo XII, las obras se extendieron hasta el XIV, lo cual explica esta evolución y mezcla de estilos, que aún así presenta un espectacular románico final, especialmente en las trazas de la iglesia, que fue lo primero en construirse. Si el visitante se anima a visitarla, el acceso se realiza a través de la Catedral Nueva previo pago de una entrada. Si entra, merecerá la pena que se pare unos instantes a observar el genial retablo de 53 tablas pintadas (siglo XV), la inmensa cúpula del edificio, y algunas de las pinturas y sepulcros que se reparten a lo largo del viejo claustro, con especial atención a las pinturas de la capilla del aceite o de San Martín (siglos XIII y XIV). 

Catedral "vieja" de Salamanca
Mención especial para la Capilla de Santa Bárbara, también en el claustro de la Catedral Vieja, que durante mucho tiempo sirvió de lugar para los exámenes finales de la Universidad de Salamanca, todavía en la época en que las clases se daban en la propia Catedral. Se nos cuenta que el estudiante que iba a realizar un examen debía pasar toda la noche encerrado en la capilla, preparando la defensa de su tesina (Licenciatura) o su tesis (Doctorado). A la mañana siguiente entraban los profesores, se sentaban en los bancos que hay alrededor de la capilla y realizaban al estudiante la serie de preguntas y acusaciones destinadas a evaluar su  conocimiento. Si el estudiante aprobaba el examen, salía por la puerta principal de la catedral donde se celebraba una fiesta. Si el grado obtenido era el de doctor (el más alto de los estudios universitarios), sus compañeros escribían en una pared un anagrama de la palabra latina “Victor” seguida de su nombre,  lo que equivaldría a “¡Victoria!”. Pero, si por el contrario, el estudiante no superaba el examen, salía por otra puerta, conocida como la “puerta de los carros”, una estrecha comunicación con la Calle de Tentenecio donde no había ni amigos ni fiesta, lo que por otra parte puede explicar el curioso nombre de esta calle (necio). Pero regresando a la actualidad, el viajero podrá disfrutar no sólo de la catedral vieja, sino también de la Catedral Nueva, a la que se puede acceder gratuitamente. Ésta se construía entre los siglos XVI y XVIII, según se dice en la documentación de la época, porque la vieja era pequeña, oscura y baja. Ciertamente Salamanca había crecido mucho en población, principalmente gracias a la fama y estima de su Universidad, y por esa razón se iniciaba la construcción de un nuevo templo. Su estilo es un gótico final o flamígero, que se entremezcla con guiños decorativos renacentistas, y aún con soluciones ya de la arquitectura barroca. Junto con la Catedral de Segovia, la de Salamanca es una de las últimas de construcción gótica en España, y por tamaño y proporciones está también cercana a la de Sevilla.



Justo delante de la fachada de los pies (y la gran torre) de la Catedral de Salamanca se levanta el edificio histórico de la Universidad. El viajero no podrá apreciarlo desde este lugar, en tanto que es la parte trasera, y por lo tanto habrá de tomar la estrecha calle que sale desde enfrente de la torre de la Catedral –calle de Calderón de la Barca– para alcanzar la Calle de los Libreros. Con este indicativo y sugerente nombre, se nos recuerda cuál fue el negocio más rentable que durante siglos abundó en esta pequeña calle. Hacia la mitad de su recorrido, abriéndose a una plaza rectangular, se nos presenta con todo su esplendor la fachada del edificio histórico de la Universidad de Salamanca. Éste fue el verdadero motor histórico de la ciudad. Aquí fueron profesores Fray Luís de León, Francisco de Vitoria o Miguel de Unamuno. Y también Antonio de Nebrija, autor en 1492 de la primera gramática de la lengua española, y que era a la vez la primera gramática escrita en Europa de un idioma que no fuese el latín. Es también la misma universidad en la que estudiaron personajes tan famosos y tan variados como San Juan de la Cruz, Calderón de la Barca, Hernán Cortés o Góngora.

Biblioteca de la Universidad salmantina
Hay que aclarar que en la actualidad, la Universidad de Salamanca –en realidad las universidades, pues también hay dos, una pública y otra privada– tiene sus edificios repartidos por toda la ciudad, y del mismo modo posee un notable campus a las afueras de la Salamanca más moderna. Pero el edificio histórico, el “original” por así decir, es éste situado en pleno centro histórico, y es en la actualidad la sede del Rectorado. Tras una espectacular fachada en la que el visitante deberá buscar insistentemente la imagen de una rana, encontrará si decide entrar un interior no menos impresionante, constituido por una espectacular escalera del siglo XV, un magnífico Paraninfo, algunas viejas aulas, y una no menos espectacular biblioteca. Puede también el visitante aprovechar para acercarse a las "escuelas menores", que están situadas a tan sólo unos metros de la Universidad, al fondo de la misma plaza, lugar en el que descubrirá espacios hoy destinados a exposiciones de la propia universidad y de la historia de la vida universitaria, y que además, por su belleza arquitectónica bien merece un paseo por su patio.

Se puede continuar la visita hacia la cercana Universidad Pontificia, la “otra” universidad salmantina. El edificio es impresionante por su majestuosidad y tamaño, pero más curioso es aún el más discreto y pequeño edificio que se encuentra frente a éste: la Casa de las Conchas. Con este nombre popular, derivado de la decoración de la fachada, se refieren en Salamanca a este edificio, uno de los muchos palacios antiguos que se conservan en el centro histórico, y que se ha reconvertido nada menos que en Biblioteca.

Plaza Mayor de Salamanca
Para finalizar esta breve visita por la ciudad, aclarando que son muchos, muchísimos los otros lugares que merecen la pena un vistazo, caso de la curiosa iglesia románica redonda de San Marcos, alguno de sus muchísimos palacios, o el modernista museo Casa Lis; hemos de ir a la Plaza Mayor. Si la de Madrid es quizás la más famosa e imitada de España, la Plaza Mayor de Salamanca es la más espectacular y la de más carácter propio, de cuantas existen, además del obligado punto de encuentro de los universitarios y visitantes de la ciudad. Construida durante el siglo XVIII por el genial arquitecto Alberto Churriguera que la dotó de una decoración y carácter propio, el espacio porticado de la plaza es un lugar ideal para iniciar la otra visita de Salamanca. Primero bajo sus arcos, donde están algunos de los bares más famosos de la ciudad, y en los que se puede y se debe degustar alguna de sus raciones y tapas típicas. Los precios oscilarán alrededor de los 2€ por ración (sin contar la bebida), y son de lo más variado. Entre los más típicos y tradicionales la chanfaina, el chorizo, la panceta, y los pinchos morunos, sin olvidar el famosísimo hornazo y los excelentes embutidos ibéricos, especialmente de la cercana denominación de origen Guijuelo



Cuando la noche, definitivamente haya llegado, no hará falta desplazarse mucho. La ciudad de Salamanca, como corresponde a una ciudad de ambiente universitario, cuenta con muchos y muy variados ambientes. La zona de la calle Gran Vía, o de la calle Toro están entre las más típicas y tradicionales. Otro ambiente significativo, que sin lugar a dudas os gustará, es el circuito más habitual que realizan los numerosos estudiantes extranjeros de la ciudad. Locales como The Irish Rover, la Biblioteca, y el Country son los más concurridos. No perdáis además la oportunidad de visitar un espacio único, el Camelot, un antiguo convento reconvertido en discoteca.


Cualquier época del año es fantástica para visitar Salamanca teniendo claro que por su ubicación y altitud en plena meseta castellana, los inviernos pueden ser rigurosos y los veranos extremadamente cálidos, con otoños y primaveras mucho más suaves. Sabiendo esto no ha de haber ningún condicionante habiendo echado un vistazo a la previsión meteorológica. Tampoco afecta excesivamente la época del año al ambiente juvenil de la ciudad, ya que durante todo el año los más de 40.000 universitarios lo aseguran, y en verano, en pleno periodo de vacaciones, se asiste al momento álgido de cursos de español para extranjeros, donde el principal número de estudiantes estará compuesto principalmente por de grupos japoneses, norteamericanos y británicos.







Video de promoción turística de Salamanca.







I.Y.P.

lunes, 11 de marzo de 2013

Semana Santa: "pasión española"



Se acerca la Semana Santa, y por esa razón aprovechamos este blog para animaros a descubrir una de las tradiciones más arraigadas y diferenciadoras de la cultura española, invitándoos a visitar alguna de las ciudades en las que se celebra con más fuerza. 

Procesión de Semana Santa en Sevilla
La Semana Santa es la máxima expresión de la identidad religiosa y cultural de España. Nuestro país tiene un pasado histórico que irremediablemente está ligado al catolicismo, y que todavía hoy pesa sobre la cultura y la conciencia colectiva de los españoles. El dato más evidente es que España, todavía hoy, sigue siendo un país de una aplastante mayoría católica, aún a pesar de ser un Estado laico, y a pesar de existir –faltaría másla libertad de culto. Y sin embargo, un gran número -creciente día a día- de estos mismos habitantes de tradición católica, se declaran no practicantes, o incluso ateos o agnósticos, a pesar también de que la mayoría de ellos hayan sido bautizados. Es otra de las muchas paradojas culturales que encierra esta nación. Además, no es nada extraño que muchos de esos mismos españoles esperen con pasión durante todo el año la llegada de las festividades propias de Semana Santa, aún cuando el resto del año no hagan o no cumplan ninguna de las otras obligaciones y costumbres religiosas propias del catolicismo, o siquiera asistan con regularidad a las ceremonias religiosas. 

Llamamos "Semana Santa" a la celebración anual cristiana que sirve para recordar la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Esta semana se inicia el llamado Domingo de Ramos, y finaliza el llamado Domingo de Resurrección. La semana en cuestión no tiene fecha fija, sino que se mueve por el calendario en función del primer domingo siguiente a la luna llena del mes de Nisán (herencia de la tradición judía, que corresponde a los días entre el 22 de marzo y el 25 de Abril). En otras palabras, y más sencillo, el Domingo de Resurrección se situará en el primer domingo después de la primera luna llena de primavera (21 de marzo). De esa fecha hacia atrás situaremos la totalidad de la Semana Santa, y aún un periodo anterior de Cuaresma, que con algunas variaciones es observado por los cristianos católicos, cristianos ortodoxos, y también la Iglesia Evangélica. Con posterioridad al Domingo de Resurrección se inicia otro periodo diferenciado que es la Pascua, y que en este caso también es celebrado por las principales variantes cristianas, y también por el culto Judío.

Cofrades en la Semana Santa de Málaga
Aunque la expresión y el nombre de Semana Santa o “Semana de Pasión” en España hace referencia a un periodo de siete días –entre Domingo de Ramos y Domingo de Resurrección–, en muchos lugares católicos, y es el caso de España, las festividades se extienden aún más. Así por ejemplo se considera parte de las celebraciones el viernes anterior, llamado viernes de dolores, y se contemplan también varios actos litúrgicos específicos el lunes siguiente, o lunes de Pascua. Por último, añadir tan sólo que el Jueves Santo es celebrado como conmemoración de la eucaristía –en recuerdo de la Última Cena–,que el Viernes Santo es la conmemoración de la crucifixión de Jesús, y que durante la noche del sábado se suelen celebrar actos especiales y vigilias en espera de la resurrección que acontece el Domingo.

Durante todos estos días, durante la totalidad de la semana, tienen lugar numerosas y variadas muestras de religiosidad de carácter popular a lo largo de todo el mundo: “belenes” vivientes en la cultura italiana; crucifixiones, flagelaciones y otros sacrificios corporales en el ámbito cristiano asiático; representaciones de la Pasión en distintos lugares de Hispanoamérica, etc.… En el caso de España destaca, sin lugar a dudas, la celebración de procesiones. Una procesión es un desfile de carácter religioso, organizado por un grupo de personas de una misma religión, con la intención de recordar o exaltar un hecho propiamente religioso. Estas celebraciones no son exclusivas del catolicismo, sino que son típicas de prácticamente todos los cultos cristianos, y también se realizan en el Islam, Hinduismo, Judaísmo, y Sintoísmo. Pero lo que ha hecho particulares a las procesiones españolas es su carácter propio, claramente diferenciador.

Muchas de las iglesias españolas –casi todas– cuentan con hermandades, también llamadas cofradías, en las que se organizan estas procesiones, y muchas otras actividades. Lo tradicional es realizar este desfile o procesión en un recorrido que tiene inicio en la iglesia, para regresar nuevamente a ella. Las distancias pueden ser muy variables, de tan sólo unos centenares de metros que básicamente suponen simplemente rodear el edificio, a realizar hasta varios kilómetros por la ciudad, pasando por distintos lugares destacados, y por delante de otras iglesias, realizando una serie de paradas o “estaciones” programadas por razones litúrgicas. 

Procesión del "encuentro" en León
Igualmente puede variar el número de personas que realicen o acompañen el recorrido. Pueden ser tan sólo un puñado de personas, o centenares de ellas. Normalmente todos los participantes y componentes de las distintas hermandades religiosas visten ropas identificativas a modo de uniformes. Estos trajes están inspirados en las viejas túnicas que se usaban en los tiempos de Jesús, a los que se han añadido elementos nuevos, ya desde la Edad Media. Básicamente, un traje de “Nazareno” o “Penitente” –son dos cosas diferentes, pero sus vestimentas básicas no difieren demasiado– está compuesto por la túnica propiamente dicha (una prenda que se introduce por la cabeza, y cae recta, sin formas, hasta los pies). A ello se suma habitualmente una capa (que cuelga desde el cuello por la espalda, y puede incluso llegar a arrastrarse por el suelo); y un “capirote” o “capuz” que sirve para cubrir la cabeza y habitualmente la cara. Puede ser simplemente tela que cubra la cabeza, o poseer una estructura rígida que se eleva de forma puntiaguda, a modo de extraño sombrero. La combinación de colores de todas estas prendas, de algunos detalles particulares, y sobre todo los escudos de las hermandades, serán los signos identificativos de cada una de los grupos, hermandad, o cofradía.

Además de esta llamativa peculiaridad que supone la vestimenta, la otra gran diferenciación de las procesiones españolas es el hecho de sacar durante la procesión las imágenes sagradas que el resto del año se conservan en el interior de las iglesias. Cierto es que esto se realiza en casi cualquier lugar del mundo católico, pero es que en el caso estrictamente español, muchas de esas imágenes sagradas –esculturas con siglos de antigüedad en su inmensa mayoría–, han sido expresamente creadas para la procesión, y no para su culto o contemplación en el interior de las iglesias el resto del año, cosa que por supuesto, también se hace. Por ello adquieren habitualmente unas proporciones increíbles, y debemos hablar entonces de “pasos”. Un paso es un grupo escultórico que recuerda un momento concreto de la pasión, la muerte, o la resurrección de Jesús. En otras palabras, un paso habitual de Jueves Santo es la Última Cena, compuesto por lo tanto por esculturas que representan tanto a Jesús, como a todos los Apóstoles, así como los elementos propios de la cena (la mesa, los platos y vasos, los alimentos, etc.). Otro paso habitual de Viernes Santo suele ser la crucifixión o el descendimiento, y por lo tanto, estas imágenes –o grupo de imágenes– estará compuesto por la propia cruz, el cuerpo de Jesús, San Juan Bautista, la Virgen María, María Magdalena, Longinos… y en definitiva un sinfín de personajes posibles, siempre que éstos estén presentes en las Sagradas Escrituras, en el pasaje específico que se trate de recrear. Por esta razón, las esculturas o grupos escultóricos se sitúan sobre unas plataformas –llamadas tronos–, que sirven tanto de soporte a las piezas, como para poder ser elevado sobre los hombros de las personas que las van a llevar en procesión. El peso de estos conjuntos puede superar con facilidad los 2000kg., razón por la cual, habitualmente, los participantes se van dando relevos a lo largo del recorrido de la procesión. En otros casos la imagen que se saca en procesión puede ser mucho más ligera, por ejemplo, y muy habitual, una única imagen de la Virgen; pero los relevos se dan igualmente, pues es un honor y un privilegio participar.

Procesión nocturna en Zamora
El tercer gran elemento distintivo de las procesiones españolas es la música. Bandas de música, pertenecientes a las propias cofradías e integradas por lo tanto por sus propios miembros, y generalmente vestidas con las mismas ropas; acompañan a cada uno de los pasos o grupos de esculturas que salgan en procesión. La música interpretada está evidentemente en consonancia con el momento de pasión representado, y así son melodías sobrias, incluso tristes, realizadas básicamente a través de la percusión de tambores y con trompetas y algunos otros instrumentos de viento-metal. Estas bandas de música también tienen la importante labor de “marcar el paso” al que se va a caminar durante la procesión, y es de especial ayuda para coordinar a los encargados de llevar sobre sus hombros las esculturas, que en muchas ocasiones apenas tienen visibilidad.



Estas celebraciones religiosas se reparten a lo largo y ancho de toda la geografía española, y aunque en esencia es la misma idea, es cierto que hay importantes variaciones. Estos cambios afectan al vocabulario empleado para todos los objetos habituales en las procesiones, la organización interna de las hermandades, los nombres de las vestimentas típicas, la música, el propio desarrollo de la procesión… pero por encima de todo hay una importante diferencia entre las procesiones del norte y del sur de España. Resumiéndolo exageradamente, diremos que las del norte están caracterizadas por la sobriedad; mientras que las del sur transmiten mucha más alegría. Casi todas las procesiones de la mitad norte española están pensadas desde el punto de vista del dolor y la pasión de Jesús. Quizás es un pensamiento más acorde al tradicional carácter castellano, pero es una realidad que durante las procesiones se puede comprobar con facilidad el respeto, la tranquilidad, y el silencio como elementos principales. Sin embargo en la mitad sur de España, y más concretamente en el ámbito andaluz, los gritos de alegría, aplausos, canciones –saetas– dedicadas principalmente a la Virgen, son en cambio uno de los elementos más evidentes, como también lo es una mayor decoración, especialmente floral, y tal vez una mayor presencia y predilección por la imagen de la Virgen. Son por tanto dos modos de expresarse ante un mismo sentimiento, o una misma actividad, que en definitiva también nos habla de esta pluralidad y riqueza cultural que tiene nuestro país. 

Banda musical en la Semana Santa de Huesca
Casi cualquier ciudad española tiene procesiones a lo largo de la Semana Santa. Y Madrid no es una excepción; quien esté en la capital durante estas fiestas, podrá ver procesiones, en el centro histórico. Pero desde aquí os animamos a que participéis en la increíble y curiosa sensación que os producirá la contemplación de algunas de las más famosas de España, independientemente de vuestro culto religioso. Os invitamos a que lo interpretéis como un espectáculo surgido de la cultura española, y profundamente arraigado y respetado. Como destinos os sugerimos Sevilla, Málaga, Toledo, Cuenca o León. Son sólo algunos de los muchos lugares donde las procesiones tienen un especial interés, e incluso están protegidas por leyes o decretos legales que buscan su conservación y difusión. No queremos decir que sean las mejores del país, y de hecho existen muchísimos otros lugares de merecida fama, pero estos lugares son importantes, populares, de calidad, y el transporte desde Madrid es relativamente sencillo. 

Tened presente esas diferencias entre el norte y el sur si decidís elegir alguno de estos destinos, y sobre todo sabed que todas estas poblaciones citadas aumentarán notablemente su población durante esos días festivos, razón por la cual, transporte y sobre todo alojamiento, conviene reservarlo con la mayor anticipación posible, y en ningún caso debéis viajar sin hotel, ya que podría ser que no encontraseis plazas libres. Para los destinos más cercanos a Madrid, como pueden ser Toledo o Cuenca, una visita de ida y vuelta en el mismo día, es perfectamente válida como idea.



Por último, quiero llamar seriamente la atención sobre dos errores que con cierta frecuencia son cometidos fuera de nuestras fronteras: el primero de los errores habituales, especialmente en el ámbito norteamericano, es relacionar –por el gran parecido–, a los cofrades o penitentes cristianos con miembros del Ku Klux Klan. En este caso el error es fácilmente comprensible, ya que las vestimentas más tradicionales de la Semana Santa son prácticamente las mismas, y en ambos casos se llevan cruces y símbolos religiosos. Sin embargo hay una clara diferencia: el cofrade o penitente de la Semana Santa española lleva esas ropas y en ocasiones un gorro cónico que le oculta la cara para expresar un sentimiento de penitencia y entrega individual, siempre religiosa. No importa el individuo, sino el acto de fe, entrega y caridad, y por esta razón en algunas ocasiones se ocultan los rostros, pues no importa el “quién”, sino el hecho penitencial, desinteresado, que se está haciendo. Muy distinto es el caso de los miembros del Ku Klux Klan, quienes ocultaban sus rostros por razones evidentes, ante los hechos y las persecuciones que cometían. Y precisamente por ello eligieron las vestimentas y los gorros tradicionales de la Semana Santa como su vestuario: las vestimentas anchas disimulan y dificultan reconocer la complexión o el sexo de la persona, ocultan el rostro, y además el “capirote” o gorro elevado también dificulta calcular incluso la estatura de la persona. Por lo tanto la diferencia es más que evidente: el origen de estos ropajes es completamente religioso y pasional; pero el Ku Klux Klan lo eligió para que sus miembros pudiesen permanecer en el anonimato, bajo una excusa de limpieza de fe, religión, o raza.

Procesión de Semana Santa en Murcia
Quizás más grave, y sobre todo menos comprensible, es el segundo error habitual. Las procesiones y los actos típicos de la Semana Santa española, nada tienen que ver con otras fiestas y celebraciones populares españolas. A menudo fuera de nuestro país se mezclan y se confunden las más populares fiestas y tradiciones con el sentimiento religioso, pensando, que es una única cosa o que la religión por defecto está presente en todas las fiestas españolas. Un ejemplo muy esclarecedor de este error fue incluso recogido por una popular película, “Misión Imposible 2”, en la que se recreaba en la ficción una procesión, en la que los participantes llevaban anudado al cuello pañuelos rojos como en las fiestas de San Fermín de Pamplona; muchas mujeres vestían trajes de “falleras” (de las fiestas de Valencia), y además, y mucho más grave, las esculturas de los santos acababan siendo quemadas en hogueras. (Vídeo) Se trata de una composición basada en el desconocimiento absoluto de las fiestas y tradiciones españolas, que mezcla distintas fiestas y actividades, junto con la propia semana santa. Además, quemar o destruir una imagen sagrada está penado con la excomunión automática por parte de la Iglesia Católica, en cualquier lugar del mundo. Las dos grandes fiestas españolas en las que el fuego es el gran protagonista son Las Fallas, cuyo origen ya explicamos en este mismo blog en la entrada correlativa a Valencia; y las Hogueras de la noche de San Juan, fiesta que no es sólo patrimonio español, sino que existe en todo el ámbito mediterráneo, es de origen pagano, y sirve para celebrar la llegada del verano. Y mucho más increíble aún es relacionarlo con los San Fermines de Pamplona: jamás he visto un toro en una procesión, y jamás he visto a personas correr delante de los toros llevando esculturas de santos.




Para los más curiosos, me atrevo a dejar un extracto muy resumido de un viejo ensayo propio, que explica algunas de las razones históricas del gran arraigo y tradición cristiana católica de los españoles, o en definitiva el por qué de esa habitual presencia de la Iglesia y la religión en la vida común de los españoles:

[...] El cristianismo llegó a la Península Ibérica junto con el Imperio Romano. En el año 313 d.C., un emperador romano llamado Constantino, tomó la decisión de permitir la religión cristiana, que hasta aquel momento estaba prohibida y era perseguida. La decisión era en gran parte política, pues el Imperio Romano se estaba debilitando política y socialmente, y amenazaba ya con fragmentarse. Es así como el paganismo deja el lugar al cristianismo, y en la Hispania de la época florece con fuerza la nueva religión, que además pronto se organiza como una institución sociopolítica (la Iglesia) a través de cargos (diáconos, sacerdotes, obispos…) y sedes (Catedrales y ciudades episcopales, cenobios, monasterios y conventos…). De hecho, no es casualidad que Mérida, una de las más importantes y viejas ciudades romanas de Hispania, se convierta en la principal sede religiosa de toda la península. Desde ella saldrán los primeros obispos importantes que poco a poco irán influenciando, participando, y decidiendo en la futura historia de España.

El siguiente paso llega de manos de los pueblos bárbaros. La creación del Reino Visigodo en España –recordemos, la primera “unidad” española–, sólo fue posible en parte gracias a la fuerza del cristianismo. Los visigodos, de religión arriana en origen, hubieron de tomar la decisión de “adaptarse” a la realidad de los habitantes, y así el Rey Recaredo (586-601) oficializa el catolicismo como la nueva religión oficial de su reino, y las instituciones eclesiásticas hispanas cambian su capital a la que también era la nueva capital del Reino: Toledo.

Tras la conquista musulmana en el año 711, nace un foco de resistencia a la ocupación y se organiza en el norte peninsular, desde el año 722, en torno a una única idea: recuperar la totalidad del viejo reino visigodo –lo que vale decir, recuperar la totalidad de la Península Ibérica–, para expulsar del territorio a los que eran considerados “infieles”, e imponer nuevamente el catolicismo para toda la población. Para ello no dudarán en iniciar una gran guerra, legitimando la lucha en la defensa del cristianismo, o por ejemplo, “descubriendo” –inventando–, el hallazgo de la tumba del Apóstol Santiago, un discípulo de Cristo, que les hará ganar prestigio, adeptos, y conseguir incluso ayuda de otras naciones europeas cristianas, y del mismísimo papado de Roma.

"Empalado" de Valverde de la Vera (Cáceres)
La siguiente parte de la historia católica de España es la más conocida gracias a sus dos protagonistas destacados. El proceso de Reconquista cristiana finaliza el 2 de Enero de 1492 de manos de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, con su entrada en el Reino Nazarita de Granada. El sobrenombre de “Reyes Católicos” expresa mucho. No sólo ellos, sino también el papado de Roma –y en ese preciso instante el Papa era Alejandro VI, de origen español–, eran partidarios de crear una gran nación en la que la única religión posible había de ser el catolicismo. Por ello son expulsados los musulmanes, y por idéntica razón son expulsados los judíos el 31 de marzo del mismo año 1492. Unificado el reino en lo político, y en lo religioso, el siguiente paso fue la exploración del continente americano, y la conversión forzosa de todos sus habitantes.

Esta situación aportó un inmenso poder político y económico al Reino de España. Y por ello los siguientes reyes españoles quisieron expandir y mantener el orden religioso en todas sus posesiones, pero también más allá de ellas en la medida de lo posible. El biznieto de los Reyes Católicos, Felipe II, será nuevamente el máximo exponente de estas ideas, al conquistar para la fe cristiana los archipiélagos del Océano Pacífico (Filipinas), pero también y sobre todo al sofocar “revoluciones religiosas” en los territorios de Flandes y Alemania, y por encima de todo, al liderar la Liga Santa y conseguir la derrota de las tropas turcas otomanas –musulmanas– en la Batalla de Lepanto en el año 1571.

Es precisamente a partir de este siglo XVI, cuando la mayor parte de las celebraciones religiosas que todavía hoy se celebran en España comienzan a surgir con fuerza, y a ser muy seguidas por toda la población. Era un mecanismo de defensa y autoafirmación de la religiosidad ante las posibles influencias o contaminaciones que pudiesen llegar a España desde alguna de sus colonias, o desde otras potencias mundiales, donde habían florecido ya otros cultos religiosos. Por ello, los siglos XVII y XVIII, aún con el cambio de dinastía monárquica en el país, tan sólo afirmarán y fortalecerán los sentimientos religiosos, que calarán hondo en el carácter y el sentimiento de la población española. Los episodios antirreligiosos, anticlericales, y libertarios que vivió España en su historia más reciente, como pudieron ser los periodos republicanos, el trienio liberal, la Invasión Francesa, la Revolución de 1868…, y muchos otros momentos de crecimiento del pensamiento laico, fueron duramente reprimidos y sofocados durante los cuarenta años de dictadura franquista, momento en el que “por decreto” todos los habitantes del país eran Católicos, estando además prácticamente obligados a participar en todos los actos y festejos religiosos propios que la Iglesia y el Estado impusiesen, entre los que se potenciaron nuevamente las grandes festividades de Semana Santa. 

Con todo este bagaje histórico-religioso es evidente que el común de los españoles atesora una cultura católica, tal vez inconscientemente en muchas ocasiones, que le ha hecho preservar y disfrutar del momento de máximo apogeo de la expresión pública religiosa junto con el periodo natalicio: la Semana Santa. Y por ello todavía hoy es uno de los máximos signos de identidad cultural, porque está en nuestra historia, nuestras costumbres, nuestro subconsciente, y en definitiva es parte –de momento, de una gran parte de los españoles. Además, estas tradiciones religiosas se extendieron a las viejas colonias. Así, fuera de España, y aunque con peculiaridades y distinciones propias, podemos encontrar importantes y arraigadas procesiones de Semana Santa en prácticamente todos los países hispanoamericanos, en el archipiélago filipino, y en el sur continental de Italia y la isla de Sicilia; en todos los casos, por herencia cultural tras la presencia española.


 
IYP